Tengo 56 años. Soy maestro de escuela y acabo de lanzar mi primer software

Ahora que ya han acabado las cenas navideñas (que no las vacaciones) y que se han enfriado los anuncios embutidos de Campofrío..., polaricemos:

a60103_145928 Hay dos tipos de personas en este país: las que se quejan de que nada funciona y las que, cansadas de esperar, se arremangan y lo construyen ellas mismas. Yo pertenezco al segundo grupo, aunque confieso que algunos lunes por la mañana he coqueteado peligrosamente con el primero.

Soy profesor de Primaria (maestroescuela, que diría mi padre). Llevo años en el aula, suficientes para saber que los problemas de convivencia no se resuelven con circulares de la Consejería ni con programaciones que nadie lee. Se resuelven conociendo a tus alumnos. Sabiendo quién está solo aunque sonría, quién manda de verdad en el grupo aunque no levante la mano, quién sufre en silencio cada recreo.

Para eso existen los sociogramas. Una herramienta que inventaron hace casi un siglo y que, incomprensiblemente, hay quién no ha hecho uno en su vida o que sigue haciéndolos a mano como si Gutenberg no hubiera nacido. Fórmulas en Excel, gráficos dibujados con regla, horas perdidas que deberíamos dedicar a lo importante: los niños.

Así que un día de 2024, harto de quejarme, decidí crear la herramienta que necesitaba y que nadie había hecho bien (o al menos no como a mi me gustaría que fuera). Se llamaría Socii —del latín socii, "compañeros", y se pronuncia "Soki"—. Un nombre que resume lo que hace: analizar las relaciones entre compañeros de clase.

Lo que no cuentan los libros de emprendimiento

Los manuales de emprendimiento hablan de.. (y aquí incluiría una lista de palabros sajones que creo que se los inventan solo para fastidiar, porque tiene su equivalente en español). Lo que no cuentan es que desarrollar software mientras trabajas a jornada completa significa elegir entre dormir o avanzar. Yo elegí avanzar.

Puentes: programando. Fines de semana: casi todos, programando. Tardes después del colegio, cuando el cuerpo pide sofá: programando. Y noches.

Y los almuerzos. Esos almuerzos familiares donde mis hijas han tenido que aguantar el tostón de su padre contándoles, con una ilusión que ellas calificarían de "excesiva", la última funcionalidad que había implementado. "Papá, eso ya nos lo has contado veinte veces", decían. Y tenían razón. Pero yo necesitaba contarlo, aunque solo fuera para creerme que aquello iba tomando forma. Lo contaba con la misma ilusión que los niños describen las maravillas de lo que han pedido mientras esperan esa noche mágica de Reyes, pasado mañana.

Lo que no esperaba era que una de ellas, mi hija psicóloga en proyecto, dejara de poner los ojos en blanco y empezara a aportar. Bibliografía sobre dinámicas de grupo. Artículos académicos que yo no habría encontrado en la vida. Ideas sobre cómo medir la metapercepción. Y la otra, la instagramer, desde Holanda, interesándose por dónde iba o explicándome cómo funciona LinkedIn. De pronto, el tostón paterno se había convertido en proyecto familiar.

Y luego están los amigos. Esos que siempre tienen una bombilla que a ti no se te ha encendido. "¿Y si en vez de hacer esto así lo haces de esta otra manera?", “¿has pensado en anonimizar los nombres?” (todavía me cuesta decir la palabra: a-no-ni-mi-zar). Te lo dicen tomando una cerveza, o dando un paseo por la sierra, sin darle importancia, y tú te quedas pensando que llevas tres semanas atascado en algo que ellos han resuelto en una frase. La humildad es una lección que el emprendimiento te enseña a golpes. b

Equivocarse como método

Me he equivocado decenas de veces. He reescrito módulos enteros tres, cuatro, cinco veces. He borrado miles de líneas de código que pensé que eran brillantes y resultaron ser basura. He querido dejarlo todo en más ocasiones de las que mi orgullo me permite admitir.

Pero aquí está la cosa: cada error me enseñó algo que ningún curso online podría haberme enseñado. Que el código que no falla no existe. Que la primera versión siempre es mala. Que la perfección es enemiga de terminar. Y que terminar, aunque sea imperfecto, es mil veces mejor que el proyecto eterno que nunca verá la luz.

Cada vez que mi mujer me ve dando vueltas por casa rascándome la cabeza (es curioso esto de los microgestos, ¿eh?), sólo me dice: “Estás pensando”. No es una pregunta. Sólo afirma.

Mundos nuevos a los cincuenta y tantos

Y como si programar no fuera suficiente, resulta que para vender algo en 2026 tienes que existir en lugares donde yo no había pisado en mi vida.

LinkedIn. Hasta la semana pasada no tenía cuenta. Literalmente. Ese mundo de gente con títulos interminables y fotos de perfil profesionales donde todos parecen directivos de algo. Ahora estoy ahí, intentando descifrar cómo funciona, qué se publica, cada cuánto, con qué tono. Aprendiendo a los cincuenta (y tantos) lo que los de veinte hacen con los ojos cerrados.

Y X, antes Twitter, esa red que siempre me pareció un gallinero digital donde todos gritan y nadie escucha. (Una vez, creo que la primera vez, puse un comentario, equivocado y desde el desconocimiento, y me dieron zascas pa’reventar. No volví a poner un tuit en años). Pues ahí estoy también, @SociiPro, intentando que alguien se entere de que existe una herramienta que puede ayudarles. Es territorio hostil para un profesor de Primaria, pero territorio al fin y al cabo. En Instagram y en TikTok, ni me lo planteo.

Lo que nadie te cuenta de emprender es que no solo tienes que crear el producto. También tienes que convertirte en community manager, experto en SEO, diseñador gráfico, escritor y, básicamente, en una persona completamente distinta de la que eras cuando empezaste.

Y sin embargo

Y sin embargo, aquí estoy. Enero de 2026. Socii funciona. No es perfecto (ningún software lo es), pero funciona. Profesores reales lo están probando (mis queridos compañeros de mi cole: ¡Gracias!). Los sociogramas que antes llevaban horas ahora se generan en minutos. Las alertas detectan alumnos en riesgo que antes pasaban desapercibidos. La metapercepción (esa funcionalidad que ningún programa tiene y que mi hija ayudó a diseñar) está revelando cosas que los tutores intuían pero no podían demostrar.

Ahora viene la parte que no controlo: que el mercado responda. Que los profesores descubran que existe. Que los orientadores lo prueben y lo recomienden. Que los directores asuman que el bullying se puede prevenir. Que este proyecto que ha consumido dos años de mi vida encuentre su sitio. logo_socii%20con%20lema%20ORO%20fondo%20blanco.fw

Lo que he aprendido

Si estás pensando en emprender en educación —o en cualquier otro sector—, esto es lo que puedo contarte desde el fango, rodeado de plastidecores, de lápices de color perdidos, de tijeras de punta redonda y de papelitos con dibujos infantiles:

Primero: nadie va a hacerlo por ti. Ni el gobierno, ni los inversores, ni la universidad. Si tienes una idea, ejecútala tú. Mal, al principio. Mejor, después. Pero ejecútala.

Segundo: el tiempo no aparece, se fabrica. Esas horas que dices que no tienes están escondidas en la tele (que dejé de ver hace algunos años ya. Pero eso es otro tema del que podríamos hablar), en scrollear el móvil, en reuniones que podrían ser emails. Encuéntralas.

Tercero: equivocarse es el método, no el obstáculo. Cada error es una lección comprimida. Aprenderás más en un mes de fallos reales que en un año de tutoriales de YouTube.

Cuarto: no estás solo aunque lo parezca. Tu familia, tus amigos, la gente que te rodea tiene ideas que tú no tienes. Cuéntales tu proyecto, aunque creas que les aburres (que les aburrirás). A veces, la mejor solución viene de quien menos esperas.

Quinto: prepárate para aprender cosas que nunca imaginaste. Redes sociales, marketing, SEO, diseño... Emprender es un máster acelerado en todo lo que no sabías que no sabías.

El final que no es final

Esto no es una historia de éxito. Todavía no. Es una historia de un profesor que decidió dejar de quejarse y ponerse a construir. Que invirtió dos años de su vida en algo que podría funcionar o podría no funcionar, pero que al menos existe.

Socii ya está aquí. Es real. Funciona.

Ahora, a ver qué pasa.

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